Cuaderno ferroviario nº 1

El Transiberiano: la vía que convirtió el mapa en un viaje

Nueve mil doscientos ochenta y ocho kilómetros de vía, casi siete días si no bajas del tren y más de un siglo de historias que no caben en una postal del lago Baikal.

vista del lago Baikal desde la ventanilla de un tren en la orilla sur
La vía principal roza la orilla meridional del Baikal. No todo el trayecto es así de espectacular; precisamente por eso este tramo se recuerda.

Hay viajes que empiezan al comprar un billete y otros que empiezan mucho antes, normalmente delante de un mapa. El Transiberiano pertenece a los segundos. Uno mira Moscú, desliza el dedo hacia la derecha y sigue, sigue, sigue hasta que llega a Vladivostok y piensa que ahí debe de haber un error de escala.

Lo curioso es que la fantasía suele ser más limpia que el viaje real. En la fantasía hay nieve, un samovar, conversación interesante y el lago Baikal al amanecer. En el tren hay también calcetines secándose, cobertura que desaparece, compañeros que roncan y jornadas enteras de bosque. No me parece que esto lo estropee. Al contrario: por fin lo convierte en un viaje y no en un anuncio.

vaso de té en portavasos metálico sobre la mesa de un compartimento ferroviario ruso
El té, el portavasos metálico y el agua caliente del coche: tres objetos modestos que han acabado formando parte de la mitología del viaje.

Primera tachadura del cuaderno:
el tren Transiberiano
el ferrocarril Transiberiano

Lo primero: no existe «el» tren Transiberiano

O, al menos, no como solemos imaginarlo. El Transiberiano es la línea ferroviaria que une Moscú con Vladivostok. Sobre ella circulan trenes regulares, mercancías y servicios que hacen recorridos parciales. El Rossiya, numerado tradicionalmente 001/002 según el sentido, es el directo más conocido, pero la vía no es un crucero sobre raíles.

Tampoco va a Pekín. Para llegar a la capital china se utilizan otras rutas: la Transmongoliana se separa hacia Ulán Bator y la Transmanchuriana atraviesa Manchuria. Llamarlas a todas «Transiberiano» es comprensible en una conversación, pero geográficamente mezcla tres viajes distintos. El trazado clásico termina en Vladivostok, frente al mar del Japón.

Hecha la corrección, vuelve la cifra: 9.288 kilómetros según el monumento kilométrico de la terminal oriental. El viaje directo ronda los siete días y entre Moscú y Vladivostok hay siete horas de diferencia. Desde 2018 los horarios ferroviarios rusos se muestran en la hora local de cada estación; durante décadas se usó la hora de Moscú para todo, una costumbre eficaz y bastante desconcertante.

Una semana en el tren no es la única forma de hacerlo. Bajar en varias ciudades convierte la línea en un viaje de dos o tres semanas, pero obliga a comprar tramos separados: el tren no espera a que uno visite un museo.

De oeste a este

La línea sobre el papel

Los kilómetros son hitos aproximados del trazado clásico. Sirven para entender la escala, no para calcular un billete actual.

  1. 0MoscúEstación Yaroslavski
  2. 1.816EkaterimburgoUrales
  3. 3.335NovosibirskRío Obi
  4. 5.185IrkutskPuerta del Baikal
  5. 5.642Ulán-UdéBuriatia
  6. 8.493JabárovskRío Amur
  7. 9.288VladivostokFinal de línea

1891–1916

Una obra imperial que se terminó dos veces

Antes de la vía, cruzar Siberia era una suma de caminos, ríos, barro, hielo y paciencia. Antón Chéjov tardó meses en llegar a la isla de Sajalín en 1890 para estudiar la colonia penal. Viajó justo antes de que el ferrocarril pudiese ahorrarle buena parte de aquel calvario. A veces una fecha histórica se entiende mejor pensando en la persona que llegó un año demasiado pronto.

Alejandro III impulsa el Gran Camino Siberiano. El futuro Nicolás II participa en Vladivostok en la ceremonia que marca el comienzo oficial de las obras.

Los constructores llegan al Obi para levantar un puente. A su alrededor aparece un asentamiento que acabará llamándose Novosibirsk.

Ya existe una conexión ferroviaria continua hacia el Pacífico, pero utiliza la línea del Este Chino y cruza Manchuria.

La línea del Amur y el gran puente de Jabárovsk completan un trazado continuo enteramente dentro del Imperio ruso.

Por eso aparecen dos años de finalización y ambos pueden ser correctos. En 1904 se podía enlazar Moscú y Vladivostok por ferrocarril pasando por territorio chino. En 1916 quedó terminada la alternativa del Amur, más larga y completamente rusa. Entre ambas fechas hubo una guerra con Japón, una revolución, obras interminables y una decisión estratégica: una infraestructura imperial no podía depender para siempre de cruzar otro país.

fachada real de la estación Yaroslavski de Moscú
La estación Yaroslavski de Moscú: el kilómetro cero sentimental del viaje hacia el este.
monumento del kilómetro 9288 en la estación de Vladivostok
En Vladivostok, el 9.288 deja de ser una cifra abstracta y se convierte en una placa junto al andén.

La mejor historia del trayecto no ocurre en un tren

El barco que llegó a Siberia en cerca de siete mil bultos

El Baikal era un agujero enorme en el mapa ferroviario. Mientras se excavaba la complicada línea alrededor del lago, el comité del Transiberiano encargó en Newcastle un ferry rompehielos capaz de transportar vagones. Lo construyeron, lo desmontaron y enviaron sus piezas hasta Listvianka, donde volvió a tomar forma.

El Baikal fue botado en 1899. Podía llevar aproximadamente 300 personas entre pasajeros y tripulación y hasta 27 vagones. Hacía dos travesías diarias. Me cuesta imaginar una escena que resuma mejor la obra entera: levantar un barco en Inglaterra, reducirlo a miles de paquetes, llevarlos hasta el lago más profundo del mundo y reconstruir allí una estación flotante.

Ni siquiera el rompehielos pudo resolver todos los inviernos. Durante la guerra ruso-japonesa llegaron a tender raíles sobre el hielo para mover suministros y se arrastraron vagones con caballos. La línea Circumbaikal acabó cerrando el hueco en 1905. El ferry dejó de ser imprescindible y el Baikal fue destruido durante la guerra civil. Su compañero menor, el Angara, permanece hoy amarrado en Irkutsk como museo.

rompehielos Angara conservado como barco museo en Irkutsk
El Angara, compañero menor del Baikal, se conserva en Irkutsk. El gran ferry ferroviario Baikal no sobrevivió.

La historia del ferry y las fotografías de su botadura se conservan en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Es una de esas fuentes en las que uno entra para comprobar una fecha y sale una hora después mirando andamios de 1899.

bosque de abedules de Siberia visto desde una ventanilla ferroviaria en movimiento
También hay muchas horas así: abedules, postes, reflejos en el cristal y una geografía que cambia tan despacio que parece quieta.

Lo que queda al otro lado del cristal

Siete paradas, y ninguna cuenta toda Siberia

Moscú. La estación Yaroslavski es el principio ceremonial. El tren sale entre cercanías, bloques de viviendas y vías paralelas. Los grandes viajes también empiezan por las afueras.

Los Urales. Cerca de Ekaterimburgo se cruza la frontera convencional entre Europa y Asia. No hay un precipicio ni un cambio de color en la tierra. Hay monumentos, bosque y la sensación, que depende enteramente de saberlo, de haber pasado de un continente a otro.

Novosibirsk. No fue una ciudad que consiguió un tren; fue un puente que acabó teniendo una ciudad. Nació en 1893 como asentamiento de quienes construían el cruce ferroviario del Obi. Pocas estaciones explican tan bien lo que la línea hizo con Siberia.

Irkutsk y el Baikal. Irkutsk conserva casas de madera, memoria de exilios y la salida natural hacia el lago. La vía principal no recorre la antigua Circumbaikal turística: sigue la orilla sur y gira hacia Ulán-Udé. Conviene saberlo para no reservar una cosa imaginando otra.

Ulán-Udé. Capital de Buriatia, mezcla tradiciones rusas y buriatas y marca el punto del que parte la línea hacia Mongolia. Aquí la palabra «Siberia» ya se ha quedado demasiado pequeña.

Jabárovsk y Vladivostok. El Amur fue el último gran obstáculo del trazado enteramente ruso. Después llega el Extremo Oriente, y al final una terminal que mira al puerto. Moscú queda siete horas atrás en el reloj y 9.288 kilómetros en las piedras.

La vida se encoge al tamaño del coche

Dormir, comer, hablar, callarse

01El compartimentoEn los trenes rusos de larga distancia suelen aparecer el SV de dos literas, el kupe cerrado de cuatro y el platskart abierto. La composición y los servicios varían según tren y fecha: el nombre de la clase no promete una fotografía exacta del coche.

02El agua calienteCada coche suele tener un hervidor o caldera para té y comida instantánea. A veces se le llama samovar aunque el aparato moderno se parece más a un termo industrial que a la pieza brillante de las películas.

03La persona a cargoEl provodnik o la provodnitsa controla el coche, revisa billetes, entrega ropa de cama y avisa de las paradas. Durante una semana es una mezcla de autoridad, conserjería y reloj despertador.

04La escala realHay paradas de dos minutos y otras que permiten estirar las piernas. Alejarse a comprar algo porque «da tiempo» es una mala forma de descubrir que el horario del tren no comparte nuestro optimismo.

La pregunta no es solo si soportaríamos seis noches en un tren. Es si aceptaríamos que durante seis noches no ocurra nada extraordinario. Mirar, leer, comer, dormir y volver a mirar. En eso consiste buena parte del atractivo. También buena parte del aburrimiento.

El hombre que fotografió un imperio en color

Prokudin-Gorski llevaba un laboratorio dentro del vagón

Serguéi Prokudin-Gorski convenció a Nicolás II para documentar el Imperio ruso con un procedimiento fotográfico en color. Entre 1909 y 1912, y otra vez en 1915, recorrió once regiones en un vagón especialmente equipado que le facilitó el Ministerio de Transportes.

Su cámara hacía tres exposiciones sucesivas de una placa de vidrio, cada una con un filtro rojo, verde o azul. Al combinarlas aparecía el color. Por eso en algunas escenas las personas que se movieron tienen bordes extraños: el mundo cambió de posición entre una exposición y la siguiente.

Fotografió locomotoras, puentes y trabajadores de la vía, pero también pueblos, mezquitas, fábricas y personas que no encajan en la idea uniforme que solemos tener de la Rusia imperial. La Biblioteca del Congreso conserva más de 2.600 vistas distintas. El Transiberiano no solo transportó su cámara; permitió que quedara un retrato de lo que el propio ferrocarril estaba transformando.

Cuatro cosas que habría agradecido saber al principio

Para no construir el viaje sobre un malentendido

¿Hay que recorrerlo del tirón?

No. El directo convierte la escala del país en la experiencia principal; hacer paradas permite conocer ciudades. Son viajes distintos. Si se baja, normalmente se necesitan billetes separados para cada tramo.

¿El Transiberiano llega a Mongolia y China?

El trazado clásico Moscú–Vladivostok no. La Transmongoliana y la Transmanchuriana comparten parte del camino y luego se separan. Los servicios internacionales, además, pueden estar suspendidos o cambiar.

¿Todo son paisajes espectaculares?

No. Hay ríos inmensos, el Baikal y momentos memorables, pero también polígonos, estaciones nocturnas y muchísimas horas de bosque. La monotonía forma parte del viaje.

¿Se puede hacer en 2026?

Existe servicio ferroviario doméstico, pero la pregunta práctica no termina ahí. Exteriores recomienda valorar no viajar a Rusia y hay obstáculos de vuelos, pagos, seguro y asistencia. Hoy este es un viaje para estudiar con mucha cautela, no una reserva impulsiva.

Final de vía

La distancia deja de ser una cifra

Supongo que por eso sigue fascinando. No porque sea el tren más lujoso, ni el más rápido, ni siquiera porque cada hora ofrezca algo digno de fotografiar. Fascina porque obliga a atravesar el espacio que normalmente borramos con un avión.

Entre Moscú y Vladivostok no hay un salto. Hay una ciudad nacida de un puente, un barco enviado en cajas, una frontera continental que apenas se nota, una cámara de tres colores y miles de kilómetros en los que el paisaje parece no hacer nada hasta que, de pronto, ya es otro.

Al llegar queda el poste del 9.288. Parece un final. En realidad es solo la prueba de que todo aquello que en el mapa cabía bajo un dedo necesitaba una semana.

vías y andenes de la estación de Vladivostok con la ciudad real al fondo
El final ferroviario está junto al mar del Japón. El Pacífico no aparece de golpe: primero llegan las vías, las grúas y la ciudad.